La Nakba —palabra árabe que significa «catástrofe»— es el trauma fundacional de la historia palestina moderna. En 1948 más de 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares en el territorio que se convirtió en el Estado de Israel. Más de 400 aldeas fueron vaciadas y en muchos casos destruidas. Los acontecimientos de 1947–1949 no fueron un subproducto accidental de la guerra; fueron el resultado de una política deliberada de transformación demográfica cuyas consecuencias continúan dando forma al presente.
El Plan Dalet y la expulsión sistemática
La planificación militar sionista, en particular el Plan Dalet (Plan D), proporcionó directrices operativas para la toma de territorios asignados al Estado judío y más allá. Las operaciones incluían la ocupación de aldeas, la expulsión de habitantes y la prevención del retorno. Masacres como la de Deir Yassin en abril de 1948 sembraron el terror y aceleraron la huida. Ciudades como Lydda y Ramle fueron vaciadas en julio de 1948 mediante marchas forzadas bajo escolta militar.
La escala de la destrucción
Aldeas que habían permanecido en pie durante siglos desaparecieron del mapa. Mezquitas e iglesias fueron demolidas o reutilizadas. Olivares y huertos de cítricos fueron confiscados. La tierra fue confiscada bajo una serie de leyes israelíes que transfirieron la propiedad de los «ausentes» al Estado y a las instituciones judías.
La cuestión de los refugiados permanece abierta
Hoy los descendientes de los refugiados de 1948 se cuentan por millones. Viven en campos en Cisjordania, Gaza, Líbano, Siria, Jordania y más allá. La Resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas afirmó su derecho a regresar a sus hogares. Israel se ha negado consistentemente a implementarla. Para los palestinos, la Nakba no es un capítulo histórico cerrado. Es una realidad continua de exilio, y el derecho de retorno es un elemento no negociable de cualquier resolución justa.